miércoles, 21 de enero de 2015

1572, Un año en la vida del Rey

1572, Un año en la vida del Rey

FELIPE II de España llegó a gobernar más de la mitad de Europa occidental, toda América al sur de río Grande, las islas Filipinas y otros territorios de Asia. Empezó a regir España, en nombre de su padre ausente Carlos V, en 1543, cuando contaba 16; más tarde, en 1554, se convirtió formalmente en el gobernador de media Italia y, mediante matrimonio, de Inglaterra; por último, en 1556 pasó a gobernar todas las posesiones de Carlos V, muerto en 1558, fuera de Alemania. Durante todos los años de su mandato, hasta su muerte en 1598, tuvo serios problemas con el gobierno que nunca pudo resolver. Por algo se quejó así, en un momento de desesperación: "Cierto, no se puede más. Y quien viere lo que hoy he pasado lo vería: estoy hecho mil pedazos. ¡Dios me dé fuerzas y paciencia!"

¿Por qué era difícil ser un rey? En este periodo de la historia, los reyes tenían muy poco poder: en Inglaterra acostumbraban (durante la guerra de las Rosas) a matar a sus reyes; en Francia, los magnates los controlaban; en Alemania, el emperador era un figurón. Desde temprana edad Felipe determinó tomarse muy en serio su trabajo de gobernante, y así salvar a su país de los problemas que otras naciones soportaban. Pero gobernar España no era una tarea fácil: "España" no era un estado unificado sino más bien una asociación de autonomías, cada una con sus propias leyes e instituciones; el país no tenía ejército permanente, ni marina; no tenía burocracia de Estado, ni tampoco un sistema de impuestos con vigencia en todo el territorio peninsular; y el rey heredó una hacienda en bancarrota. Felipe, por tanto, se enfrentaba a toda una serie de problemas que otros reyes de la época ni siquiera querían tocar, y gracias a la documentación del propio rey podemos penetrar un poco en aquel mundo de intrigas políticas, en el cual Felipe con razón se sentía bastante aislado. "No creo que haya fuerzas humanas", comentó alguna vez, "que basten a todo, cuánto más las mías que son muy flacas". Sus enemigos le llamaban absolutista e imperialista; él en cambio sólo se quejaba de las deficiencias de su poder.

El año 1572 fue uno de los años clave de su reinado, un solo año de los 55 que gobernó en España; no fue de los peores ni tampoco de los mejores, pero escogiéndolo como año típico podemos observar en él los movimientos del rey y entender con más claridad el estilo de su actuación. Hacía dos años que Felipe estaba casado con su esposa Ana de Austria; fue el año en que empezó la etapa principal de la revuelta holandesa, y el año de la matanza de hugonotes de la noche de San Bartolomé. También fue el primer año que Felipe lo pasó entero en San Lorenzo de El Escorial.


EN SU DESPACHO
NORMALMENTE el rey se levantaba temprano ("a buenísima hora", dice un embajador) y se encontraba ya con sus documentos antes de las ocho de la mañana. Una hora después, concedía algunas audiencias públicas; entonces iba a misa, y después de misa desayunaba en público (no en privado sino en una sala general del palacio), y volvía a conceder unas audiencias más después de desayunar. El resto del día lo dedicaba a trabajar con los papeles, o a otras obligaciones con su familia. Comía hacia la una, cenaba sobre las nueve, y procuraba acostarse a las once para poder dormir al menos siete horas. En Madrid normalmente tomaba sus alimentos solo, ya que los otros miembros de la familia tenían cada uno su propia casa; pero en El Escorial comía con su familia las veces que podía.

En realidad, las horas no contaban en un régimen donde todo era trabajo. Frecuentemente invitaba a sus secretarios a comidas de trabajo: "Mañana os venid acá a comer, y me haréis relación", reza una nota a su secretario Mateo Vázquez. A menudo, él también se quedaba sin cenar y solamente tomaba un bocadillo en su mesa de trabajo. A veces trabajaba hasta después de las once, pero entonces tenía tanto sueño que casi no podía escribir. "Hasta ahora que son las once", escribió una noche a un ministro, "he estado esperando, y ya no puedo esperarle más, que ni tengo ojos en la cabeza".

Su lugar normal de trabajo era su palacio, el Alcázar de Madrid; pero también a partir de 1572 empezó a trabajar en San Lorenzo de El Escorial, donde (informó su secretario) "se negociaba más en un día que en Madrid en cuatro", gracias a la tranquilidad de allí. Fue en el curso de esta primavera cuando Felipe puso en efecto su nueva orientación hacia la paz en los Países Bajos, enviando allí al duque de Medinaceli para buscar la posibilidad de soluciones. Pero a pesar de un horario tan lleno, el rey nunca dio preferencia a los negocios sobre las cuestiones familiares. En mayo, por ejemplo, pasó casi todo el tiempo en la compañía de la reina, pero por la noche volvía a sus papeles.

San Lorenzo fue el gran logro cultural de su reinado: empezó a construirlo en 1562, y residió en él parcialmente a partir de 1567; pero no fue hasta 1571 cuando pudo habitarlo por entero, y el edificio estuvo finalizado en 1586, año en que inauguró la iglesia. En contra de lo que generalmente se cree, durante los cálidos veranos no se encerraba en San Lorenzo. Pasó más tiempo de julio, agosto y septiembre de 1572, por ejemplo, en Madrid que en San Lorenzo; después pasó el mes de octubre en Madrid y en Aranjuez antes de volver por poco tiempo a San Lorenzo; a partir de noviembre se encontraba de nuevo en Madrid. Se movía constantemente. La leyenda de que se encerraba en Castilla y en El Escorial carece de fundamento. De hecho, fue el monarca más viajero de su tiempo. Había pasado 14 meses en Inglaterra y cinco largos años en los Países Bajos; su experiencia sobre Alemania se basaba en el año y tres meses que residió en ese país; navegó por el Mediterráneo y el Atlántico, estuvo dos años y cuatro meses en Portugal, y en total pasó tres años en Aragón. Dentro de la Corona de Castilla, conoció todas las provincias, e hizo dos visitas al reino de Navarra. Su movilidad disminuyó en los últimos diez años de su vida, pero a lo largo de los sesenta años anteriores, nunca paró.


LA "CORTE"
EL CENTRO de su gobierno siempre estuvo en Madrid, pero los ministros de Felipe y los embajadores extranjeros a menudo habían de ir a San Lorenzo si deseaban ver al rey. Desde 1566 había tenido como uno de sus secretarios personales a Antonio Pérez. Precisamente a partir de 1572, Antonio empezó a jugar una parte más activa en los negocios del rey, y de esta manera empezaba a consolidar una carrera que habría de arruinar seis años más tarde como consecuencia del asesinato de otro secretario real, Escobedo.

Pero en 1572, esto estaba todavía muy lejano. Los principales consejeros del rey eran el príncipe de Éboli, Ruy Gómez, quien murió en julio de 1573; y el duque de Alba, que a la sazón comandaba las tropas en los Países Bajos, pero en quien el rey empezaba a perder confianza. El principal ministro de Felipe era el cardenal Espinosa, quien murió en septiembre de 1572, legando al rey los servicios de su secretario particular, el clérigo Mateo Vázquez.

A pesar de que los secretarios y ministros aconsejaban al rey, y en muchos casos formulaban las decisiones políticas, era el rey quien formalmente mandaba. Siempre rodeado de sus papeles, a menudo se impacientaba con la poca eficiencia de quienes le servían. También criticaba las sesiones de las Cortes de Castilla donde, decía, era a menudo un caso de "muchas voces sin fundamento".

Aunque comúnmente se dice que Felipe era un rey absoluto, el adjetivo casi no tiene significado, puesto que en ningún momento tuvo el arbitrio o el poder para hacerse absoluto. De ello se dio cuenta en el caso de Holanda. Los Países Bajos eran un estado totalmente independiente de España, pero Felipe era su rey; y ya a partir de 1566 habían existido diferencias importantes entre él y la nobleza neerlandesa, que empeoraron a causa del crecimiento del calvinismo. En abril de 1572 un grupo de calvinistas se apoderaron del puerto flamenco de Brill; comenzó así la fase más importante de la rebelión de los Países Bajos. España se vio absorbida implacablemente en el torbellino de un conflicto que devoraba sus limitados recursos y que duró casi 80 años.

Pero no todo era negativo para Felipe en los primeros meses de 1572. Afortunadamente para él, un año antes había superado la amenaza del imperio Otomano y había conseguido la famosa victoria naval de Lepanto. Pero sabía que Lepanto había sido más una victoria de los italianos que de los españoles, aquellos habían construido la mayoría de los barcos y aportado la mayor parte de los soldados. El poder de España dependía enteramente de otros. Y en el caso de la revuelta de los Países Bajos, España confiaba por entero en la buena voluntad de Francia. Pero Francia había puesto ambiciones en los Países Bajos, y la nobleza francesa proponía ayudar a los rebeldes holandeses. No es raro pues que Felipe recibiera con gran alivio la eliminación de los dirigentes protestantes franceses en la masacre de San Bartolomé.

El rey se encontraba gozoso. Sin embargo, su gozo ha causado congoja a los historiadores. "Tuve uno de los mayores contentamientos que he recibido en mi vida", escribía unos días más tarde. La opinión ampliamente divulgada es la de que el rey estuvo contento cuando supo de la muerte de tantos protestantes (murieron miles en las calles de París). En realidad, la verdadera razón de su "contentamiento" era la desaparición de la amenaza francesa sobre los Países Bajos. "Habría de confesar", le dijo al rey de Francia, quien era responsable de la matanza, "que debería a Vuestra Majestad mis Países Bajos de Flandes".


EL CATÓLICO
¿ESTABA EL REY dominado por el fanatismo religioso? ¿Gozaba con la muerte de los protestantes? Los ingleses no tenían la idea de que Felipe era un enemigo religioso: nueve meses después de la matanza, los ingleses firmaban un tratado comercial con España. Incluso las acciones mismas de Felipe muestran que sus motivos principales fueron siempre políticos más que religiosos.

Felipe era, desde luego, profundamente católico. Fue un firme soporte de la Inquisición, como él subrayaba: "No podemos ni debemos consentir cosa que sea por alguna vía en desfavor del Santo Oficio, viendo cada día por la experiencia la necesidad que de él ay". Siempre respaldó sus acciones porque estaba convencido de que había salvado a España de los protestantes. Acudió a cuatro autos de fe durante su largo reinado, pero en ninguno de ellos presenció la quema de heréticos. Se oponía también a la tolerancia de los heréticos: "En cuanto a la libertad de conciencia, es evidente que ningún príncipe permite a sus súbditos otra religión que no sea la suya. Y así antes perdería todos mis dominios que consentir en ello". No estaba solo en esto: todos los demás gobernantes de Europa se oponían a la libertad de creencias. Sin embargo, al revés de Felipe, todos los estados aplicaban una represión feroz contra la pluralidad religiosa: en Inglaterra la gran persecución de católicos sólo estaba empezando en 1572, en Francia las matanzas eran cosa de cada día, después de 1572 en los Países Bajos murieron más oponentes religiosos a manos de los calvinistas rebeldes que en todo el reinado de Felipe bajo la Inquisición.

Así pues, en 1572, Felipe se encontraba en cierto sentido en una encrucijada, en uno de sus momentos más gloriosos, pero con la incertidumbre de no saber cómo se desarrollarían los acontecimientos. El año anterior parecía haber sido de triunfos: Lepanto había llevado la paz al Mediterráneo, y en el Pacífico el explorador Legazpi acababa de fundar la ciudad de Manila en las Filipinas. En términos de religión, había tranquilidad: el protestantismo no había entrado en la península. Por otro lado, el caso de Bartolomé Carranza, el arzobispo de Toledo encarcelado por la Inquisición, estaba todavía muy a flor de piel: en 1572 se cumplían 13 años de arresto en su casa, y Felipe hacía los arreglos necesarios para permitirle que dejara España y fuera a Roma. A parte de la revuelta holandesa, no había otras guerras, y el tesoro todavía se encontraba en una situación razonable: la última bancarrota se había producido hacía 12 años, en 1560. En su despacho Felipe reflexionaba sobre sus asuntos y sólo veía problemas en el horizonte de los Países Bajos.


EN SU HOGAR
A NIVEL personal, 1572 fue uno de los años más felices de la vida de Felipe II. El rey se había ya casado tres veces cuando en 1570 contrajo matrimonio con su sobrina, veinte años más joven que él, Ana de Austria, hija de su hermana María. Su primera esposa había sido María, princesa de Portugal, que murió joven (1543-1545); su segunda esposa fue María Tudor, reina de Inglaterra (1554-1568); la tercera fue Isabel de Valois (1560-1568). Isabel era una adolescente de cabellos largos y negros, de ojos brillantes y llena de una vivacidad y energía inmensas, que compensaba con creces su falta de belleza natural. Le devolvió a Felipe la energía de su juventud. Tuvo dos hijas con ella: Isabel, que nació en 1566, y Catalina, que nació en 1567. Cuando todas ellas empezaban a formar parte de su vida, el rey perdió a Isabel, que murió en 1568. También fue este el año en que perdió a su único hijo, don Carlos, hijo de su primera esposa. Estas pérdidas pueden explicar una buena parte de su subsiguiente vida emocional. Buscó el consuelo, y lo encontró -hasta 1570- en sus dos pequeñas. También buscaba un hijo. Después de la pérdida de don Carlos, una de sus grandes tristezas era la ausencia de un heredero varón en quien poder depositar amor y confianza. Don Juan de Austria había dado muestras de ser poco serio, y el heredero final, Felipe (nacido en 1578) era un desengaño; sólo el archiduque Alberto llenaba las esperanzas, pero no se hallaba en la línea directa sucesoria.

Felipe aprendió a estructurar su trabajo y sus emociones alrededor de las mujeres, pero sobre todo alrededor de la única esposa que verdaderamente amó: Ana de Austria, con quien se casó en 1570. El carácter de Ana, la cuarta y última esposa del rey, era más apacible y coincidió más estrechamente con el carácter de Felipe. El matrimonio le aportó una tranquilidad que nunca antes había experimentado. Fue un enlace de enorme importancia política, porque consolidó la estabilidad de la posición española en Europa central e Italia, en una época en que España se enfrentaba al problema de los Países Bajos y también a la expansión de los otomanos en el Mediterráneo. Ana era además la única de sus esposas con quien Felipe podía conversar en su propia lengua, ya que ella hablaba español y alemán. En 1571 nació su primer hijo, Fernando. El trono tenía un heredero varón por fin, pero el infante murió prematuramente, en 1578.

SUS HIJAS
ANA nunca estuvo relegada a un papel secundario, siempre tuvo prioridad sobre todo lo demás en la vida del rey. A pesar de las separaciones por negocios, nunca en la década de los años 1570 se dio a los negocios preferencia sobre los asuntos de familia. El equilibrio justo entre el trabajo y los compromisos de familia era escrupulosamente observado por Felipe. En ningún momento abandonó el uno por el otro. Se respetaban las citas con ella. "Por tener concertado con la reyna de ir fuera," escribió a su secretario durante un julio sofocante, "no os llamo agora". Los dos con los hijos formaban una familia perfecta.

El otro miembro importante que formaba parte del círculo familiar era la hermana de Felipe, Juana, quien había sido regente de España durante su ausencia en los años de 1554 a 1559. Cuando Felipe volvió a España en 1559, ella compró un grupo de casas en el centro de Madrid y dirigió la construcción de un pequeño palacio-convento que más tarde recibió el nombre de Las Descalzas Reales. Magníficamente decorado y amueblado, se convirtió en su casa y su retiro. Dedicó todas sus energías a ayudar a su hermano. Felipe a su vez desplegó todo su afecto sobre ella. Era la compañera inseparable de las reinas Isabel y Ana. En este año de 1572 cayó gravemente enferma, y no se recuperó nunca más. Su muerte temprana, en septiembre de 1573 a la edad de 38 años, fue un profundo golpe para el rey, quien se había apoyado en ella en busca de consejos y de afecto.

En 1572 las hijas de Felipe tenían sólo cinco y seis años. Con el tiempo, y especialmente después de la prematura muerte de Ana en el año 1580, se convirtieron en el compromiso emocional más profundo del rey. La salida de la más joven, Catalina, de España en 1585, cuando se casó con el duque de Saboya, restó una parte importante de felicidad a la vida del rey. Su muerte intempestiva unos pocos años más tarde fue, en opinión de todos, el desencadenante directo de su propia muerte. Después de la salida de Catalina contó mucho con Isabel, iba a todas partes con ella, y hasta la empleó como su secretaria. No soportaba estar separado de ella, lo que fue la razón por la que ella no se casó hasta después de la muerte del rey.


Henry Kamen, británico, es historiador, investigador del CSIC. Autor de la biografía de Felipe II "Felipe de España" (Ed. Siglo XXI). Ha sido número uno en las listas de libros más vendidos, de las que no ha salido en más de ocho meses.



Tomado de la revista magazine de El Mundo, Que continua con su leyenda Negra aquí , o aquí

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